agosto 24, 2026
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Por Redacción

Périgord Francés, 23 de agosto de 2026.- La casa de Benjamin Moser (Houston, 49 años) se encuentra cerca de las cuevas de Lascaux, en el Périgord francés. Desde hace 20 años, él y su pareja pasan meses en este entorno rodeados de glicinias, olivos, pinos, adelfas, una piscina y el canto de las cigarras. Moser, quien hizo el bachillerato en Francia y es cuatrilingüe, ha dedicado dos décadas a escribir ‘El mundo del revés’ (Anagrama), obra que comenzó cuando se mudó a Holanda.

La génesis de su carrera literaria y personal se remonta a sus 23 años, cuando trabajaba en una editorial de Nueva York. “Conocer a mi pareja. Mi jefe no sabía de qué hablar con un autor y me pidió que los acompañara a comer… La base de mi carrera es esa: sé cómo hablar con la gente”, relata Moser. La noche antes de conocer a Arthur, leyó su novela ‘El negro que tenía un corazón blanco’. “Los libros reflejan cómo somos. Me fascinó”, añade sobre el encuentro con quien tenía entonces 43 años. “Pensé: es un anciano y… ¿por qué no?”, dice recordando su actitud inicial.

Sobre el proceso creativo, Moser asegura: “No se puede escribir sin pasión. Se puede sin transmitir, lo hace la inteligencia artificial. Pero el objetivo del arte es transmitir. Quieres que los lectores vean lo que tú ves”. Explica que ‘El mundo del revés’ trata sobre “una cualidad del alma” y sobre “lo que un pintor muestra de sí mismo en su pintura”. El acto de cuestionar, según el autor, tiene que ver con su origen americano: “Crecí rodeado de ideas que parecen estables hasta que aprendes a no dar nada por hecho”. Como ejemplo, cita haber descubierto quién fue el primer pintor en representar sentimientos humanos en un rostro: “Hasta que Arístides de Tebas lo hizo en 340 antes de Cristo, ¡nadie había dibujado a una persona sonriendo, es decir, mostrando sus sentimientos!”.

Antes de consolidarse, Moser vivió en Venezuela con 18 años y tuvo intentos fallidos en el aprendizaje de idiomas. “En la Universidad intenté aprender chino. Decían, con razón, que era el idioma del futuro. Fracasé. Pensé que, sabiendo español y francés, el portugués sería más fácil”, comenta. Sin embargo, al leer ‘La hora de la estrella’ de Clarice Lispector, consideró que era “lo mejor que había leído en mi vida”. Esto lo llevó a obsesionarse, viajar a Brasil y querer hacerla famosa. “Es un rasgo de carácter que conduce a la depresión cuando no puedes hacer más. Con ella lo logré. Dediqué cinco años al libro. Cobré 8.000 euros. Si eso no es pasión…”, reflexiona. En aquel tiempo, vivía de “traducir o escribir sobre un restaurante por 1.000 dólares”.

El trabajo sobre Lispector, quien creció en Recife y supo con siete años que sería escritora, le dio una carrera. “Me sirvió para que, con 25 años, me encargaran la biografía de Sontag”, señala Moser, recordando que Sontag era “otra escritora judía”. Respecto a sus experiencias geopolíticas, el escritor compara el pasado venezolano con una proyección futura: “Venezuela era como si hoy Dubái quedara paralizada y regresaras 30 años después. Los norteamericanos creemos en el progreso de la historia, no como el resto del mundo que sabe que es cíclica. Por eso nos va a destrozar lo que está pasando”. Ante la complejidad de sus investigaciones y vida, Moser resume: “Sentía que no sabía lo suficiente”, aunque también afirma que ciertas actividades “previenen la demencia”.

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