Budapest, 31 de marzo de 2026.- Revelaciones sobre conversaciones confidenciales entre el ministro de Asuntos Exteriores de Hungría, Péter Szijjártó, y el canciller ruso, Serguéi Lavrov, han complicado el panorama político a menos de dos semanas de las elecciones del 12 de abril. En una llamada, Szijjártó informó a Lavrov sobre gestiones para sacar de la lista de sancionados rusos a Gulbahor Ismailova, hermana del oligarca Alisher Usmanov, detallando planes para presentar una propuesta conjunta con Eslovaquia ante la Unión Europea (UE).
“Junto con los eslovacos, vamos a presentar una propuesta a la Unión Europea para que se la retire de la lista. La presentaremos la semana que viene y, dado que va a comenzar el nuevo periodo de revisión, se incluirá en el orden del día y haremos todo lo posible para sacarla de la lista”, afirmó Szijjártó según los registros de la conversación. Durante el intercambio, los ministros criticaron a Josep Borrell, entonces Alto Representante de la UE; Lavrov lo llamó “la mayor decepción” y Szijjártó lo describió como “el Biden europeo”, cerrando con la frase: “Siempre a tu servicio”.
Ante el revuelo generado, el Gobierno húngaro inicialmente negó las acusaciones calificándolas de “noticias falsas” y “teorías conspirativas sin sentido”. Sin embargo, Szijjártó admitió posteriormente los contactos e intentó normalizarlos declarando: “Hoy han hecho un nuevo ‘gran descubrimiento’: han demostrado que digo lo mismo en público que por teléfono. ¡Buen trabajo!”. El funcionario recordó que su gobierno lleva cuatro años afirmando que “las sanciones son un fracaso” y añadió que “Hungría nunca aceptará sancionar a personas o empresas esenciales para nuestra seguridad energética o para lograr la paz, ni a aquellas que no tienen motivos para figurar en una lista de sanciones”.
La Comisión Europea ha solicitado aclaraciones sobre estos hechos, mientras que Alemania ha calificado las acusaciones de “muy graves”. Diplomáticos señalan que la desconfianza hacia el gobierno de Viktor Orbán ya había llevado a los aliados a celebrar conversaciones delicadas en círculos reducidos sin la participación húngara. Por su parte, el primer ministro polaco, Donald Tusk, afirmó que las sospechas de larga data sobre la conducta de Budapest “no eran ninguna sorpresa”.
Este escándalo se suma a otras tensiones, como el bloqueo de Orbán a un paquete de préstamos de 90 mil millones de euros para Ucrania, condicionado a la reparación del oleoducto Druzhba, dañado tras ataques rusos. Estas acciones desataron acusaciones de “chantaje” y “deslealtad” por parte de sus homólogos europeos. No obstante, Orbán ha incorporado esta disputa a su discurso de campaña, presentando a la UE y Ucrania como fuerzas externas que amenazan los intereses húngaros, recibiendo elogios de figuras de la derecha nacionalista europea como Marine Le Pen y Geert Wilders, así como el respaldo público de Donald Trump mediante un video el sábado pasado.
En el ámbito interno, Viktor Orbán, tras 16 años en el poder, enfrenta su desafío más duro frente a Péter Magyar, un disidente de sus propias filas cuyo partido, Tisza, ha liderado la mayoría de las encuestas previas a los comicios. Magyar ha calificado los supuestos contactos con Moscú como una traición tanto a Hungría como a Europa. Aunque el sistema electoral favorece estructuralmente a Fidesz, requiriendo que la oposición supere al oficialismo por al menos cinco puntos porcentuales para obtener mayoría simple, agregadores como Vox Populi y Politico sitúan a Magyar entre seis y diez puntos por delante.
Bulcsú Hunyadi, jefe de programas del centro de análisis Political Capital, describe estas elecciones como las “más emocionantes y menos predecibles desde 2010”, señalando que “es la primera vez que un partido de la oposición tiene verdaderas posibilidades de ganar”. El descontento popular se ha visto agravado por el estancamiento económico, con un crecimiento del Producto Interior Bruto de apenas 0,4% en 2025, récords de inflación y la falta de fondos europeos bloqueados por abusos del Estado de derecho. Un punto de inflexión fue el escándalo de febrero de 2024 sobre un indulto a un encubridor de pederastia, que provocó la caída de la presidenta Katalin Novák y la exministra Judit Varga, permitiendo a Magyar emerger denunciando corrupción e hipocresía.