Por Redacción
Ciudad de Mexico, 11 de agosto de 2026.- En Japón no existe distinción entre arte y las artes; desde el siglo XIII, la jardinería ha mantenido una importancia equivalente a la pintura y la arquitectura. Bajo esta premisa, el arquitecto español Javier Vives presenta su libro ‘History and Art of the Japanese Garden’ (Satori), obra donde explica de manera didáctica su pasión por las relaciones entre el jardín, la arquitectura, el teatro y la cultura japonesa.
Vives, quien ha viajado por Japón durante décadas y realizó su primer viaje en 1979, sostiene que la civilización japonesa floreció en el siglo XI, momento en que nació el jardín naturalista. Según el autor, gracias al monje zen Muso Soseki, la jardinería en el país asiático dio un paso gigante.
La investigación detalla técnicas específicas como el shakkei o ‘paisaje prestado’, que invita a los diseñadores a planificar un jardín para incorporar las resonancias de doseles de árboles vecinos o vistas de colinas, ríos y el mar. Asimismo, se aborda la evolución simbólica de los elementos: con el sintoísmo, las rocas adquieren valor simbólico, mientras que con el budismo, la gran montaña que se eleva desde el mar se convierte en el centro del universo, llegando a los jardines desde el siglo XIV en forma de grandes rocas.
“With Shinto, boulders acquire symbolic value”, afirmó Javier Vives. Más allá de las rocas, los guijarros en estos recintos no solo cumplen la función práctica de evitar que el suelo se convierta en barro, sino que marcan el límite entre los reinos divino y humano.
En los recintos prebudistas aparecen estanques con carpas, donde cuerdas de fibra de arroz reemplazan a las cercas tradicionales para separar lo sagrado de lo profano. Estos elementos conforman un espacio que funciona como un microcosmos, resumiendo la visión del mundo a través de la interacción entre lo natural y lo construido.